viernes, 22 de noviembre de 2013

Nuevas propuestas para la construcción de conocimiento. Por: Johana Bolívar, Gianfranco Colella, Andreina Matheus.

Universidad de Los Andes
Núcleo “Dr. Pedro Rincón Gutiérrez”
Departamento de Comunicación Social



















Nuevas propuestas para la construcción de conocimiento
(ensayo)










Bolívar, Johana
C.I.: 19.134.845
Colella Molina, Gianfranco
C.I.: 19.145.119
Matheus Monsalve, Andreina
C.I.: 20.624.536











Los seres humanos actúan socialmente. No se diluye de forma autónoma en la mente de los sujetos la realidad a través de estructuras formadas mediante la sociedad, pues dichas estructuras funcionan como el marco en el que se desenvuelven las personas que ejercen acciones a partir de su capacidad de conocimiento; ni tampoco sucede al contrario, ya que los sujetos ejercen mayor o menor autonomía, pero nunca lo hacen de forma mecánica dentro de estructuras sociales.
De igual manera la resistencia explícita o implícita a las acciones cotidianas y personales, es reconocida como un papel importante especialmente a los movimientos sociales en el cambio histórico, pues los individuos tienen la capacidad de cuestionar las pautas aprendidas en sociedad.
Con referencia a esta idea, Habermas sustenta “el punto de vista dominante de que el conocimiento está separado del individuo y es descubierto por él y defiende un conocimiento que se construye mediante la acción comunal” (Criticos, 1993, p. 81).
En tal sentido, en 2001, Wells, citado por Ibáñez (2003), hace referencia desde el punto de vista psicológico histórico-cultural:
Como reconocía Leont´ev, sólo son individuos concretos quienes llevan a cabo actividades de representación intencionales; sólo los seres humanos individuales pueden conocer. Sin embargo, como él mismo también destacaba, conocer no es una actividad que se pueda llevar a cabo en aislamiento, bien de otras personas, bien de los artefactos culturalmente producidos que proporcionan los elementos mediadores. Por lo tanto, la manera más adecuada de entender el conocer es como la actividad intencional de individuos que, como miembros de una comunidad, emplean y producen representaciones en el esfuerzo colaborativo de comprender mejor su mundo compartido y transformarlo. (digital)
Por otra parte, es importante destacar la conjetura de que no todos los individuos han de ser intelectuales. Antonio Gramsci propone que todos los seres humanos reflexionan e interpretan el mundo que los rodea, más allá de su productividad. De esa manera, separar la ocupación de un sujeto totalmente entre lo intelectual y lo “manual” es una limitación para el alcance del pleno desarrollo humano y el desarrollo del verdadero conocimiento.
En síntesis, el conocimiento no puede ser neutral ni separable de la práctica, Ibáñez (2003) también cita a Giulio Girardi (1977) para afirmar:
No hay interés teórico que esté desvinculado de intereses prácticos. El desinterés es el ocul­tamiento de intereses que no quieren confesarse. No hay relación con el objeto, que no sea al mismo tiem­po, consciente o inconscientemente, relación con un proyecto. No se trata aquí de intereses inmediatos, sino del proceso global por el que el hombre realiza su proyecto fundamental. El conocimiento no puede ser juez sin ser parte. Se sitúa necesariamente en relación con las fuerzas políticas y económicas; siempre es relativo a un proyecto de sociedad, activamente propugnado o pa­sivamente aceptado. (digital)
Así mismo son cuestionables los instrumentos y las concepciones comúnmente aceptados a través del marco social. Tal como puede ser la idea de prácticas de trabajo asalariado como único trabajo posible, el ser productivo, la modernización, la pobreza, entre otros; deben someterse a revisión y ser cuestionadas al igual que los instrumentos de conocimiento globalizado social como el PIB (Producto Interno Bruto), por ejemplo.
En consecuencia, la propuesta no es válida por el simple hecho de oponerse a lo dominante, sino a través de una validación interna. De esa manera, la ciencia crítica debe esmerarse en ir más allá de alterar parámetros imperiosos, lo que supone ser más complejo que sencillamente tener una posición contraria a los enunciados o las acciones. 
En efecto, es necesario ir más allá de la pauta marcada por la cotidianidad y la fuerza conservadora para someter ciertos problemas. En este sentido Carmen G. Landa y Tusta Aguilar (2003) aseveran: "los conocimientos juegan frecuentemente el papel de un recurso de poder y se invocan como aval de una propuesta determinada" (p. 84).
Por su parte, Amparo Moreno (1991) sostiene la importancia del cuestionamiento del conocimiento
Las formas de conocer el mundo producidas por y para dominarlo (las formas de saber vinculadas al ejercicio del poder), se han legitimado históricamente como expresión de lo real (...) a base de definir como apariencia, opinión, engaño y hasta superstición e ignorancia cuantas formas de conocimiento no se ajustan a sus criterios valorativos y sus reglas. Y la capacidad coactiva del saber guarda relación con su capacidad para autolegitimarse como verdad y con la credibilidad de que goza: no en vano, de ello depende que los seres humanos nos comportemos de acuerdo con sus fórmulas y, por tanto, las hagamos realidad. (p. 62)
La investigación debe perdurar como una herramienta de construcción del conocimiento, pues es una forma compleja, reflexiva y holística de hacer juicios, partiendo de la unión entre los sujetos y objetos investigativos funcionando como cuestionamiento del modelo hegemónico de la investigación.
Jesús Ibáñez (1991) es capaz de sintetizar la evolución de la consideración del `sujeto´, mediante un paralelismo expuesto de la siguiente manera:
El sujeto ha sido, sucesivamente, absoluto, relativo y reflexivo. Posiciones que corresponden, respectivamente, a las tres grandes olas de la física: clásica, relativista y cuántica. En física clásica (...) el sujeto es absoluto: lugar de Dios o de Laplace (...). En física relativista (...) la captura del objeto exige una conversación entre todos los observadores posibles" (...) "en física cuántica el sujeto se hace reflexivo: pues tiene que doblar la observación del objeto con la observación de su observación del objeto. (p. 14)
En otro sentido, la autocrítica debe formar parte del proceso de adquisición de conocimiento. De esa manera los sujetos que desarrollan investigaciones de cualquier tipo, no deben ser vistos como observadores neutrales ni tampoco darles un sentido de desinterés o puntos de vistas sesgados.
Dicho así, el ejercicio de autocriticarse soporta los procesos cognitivos adquiridos y en construcción para definir verazmente las conclusiones y consecuencias.
Para el desarrollo de esa herramienta, existen algunos aspectos a considerar de su implementación:
·                    El conocimiento no suple definitivamente la elección en la que intervienen valores ideológicos.
·                    La crítica no debe evitar el desarrollo pleno de las personas más oprimidas ni ser paralizante.
·                    La posición del autor es de suma relevancia, tal y como su proceso de socialización como hombre o mujer, su residencia o el plano ideológico.
·                    No existe una explicación definitiva y menos omnicomprensiva, más bien explicaciones que pueden tomar veracidad mediante el diálogo.
Con respecto a esto, Ibáñez (2003) cita a Ricardo Falla para exponer:
No hay receta para saber cuándo se le está haciendo el juego al sistema. Lo que es importante es que la acción social tenga en cuenta no sólo las necesidades inmediatas que pretende aliviar, sino el contexto social y político en que se da. (digital)

Por otra parte el conocimiento tiene un objetivo, puede sugerir una transformación social y es metódico. Lo que sugiere que cada una de sus características forma parte de un conjunto de procesos que generan la adquisición de conocimientos mediante herramientas desarrolladas en sociedad pero implementadas individualmente.
Debe entenderse el objetivo del conocimiento como la emancipación; la ciencia social crítica según lo explicado por Habermas es orientada hacia la autonomía racional y sobre todo a la libertad, operando en contextos concretos, mostrando escenarios distintos, considerando la eliminación de las barreras que impiden la libertad, decidir libremente. El estudio como ejercicio continuo para  construcción de conocimiento está ligado al interés humano, teniendo siempre una utilidad para quien conoce.
Por otra parte, el carácter del conocimiento como herramienta de transformación social no busca certezas, más bien reconoce la ausencia de verdades absolutas válidas en todos los contextos. Valida la autonomía del sujeto que no solo adquiere conocimiento sino que lo matiza según su experiencia.
Dicho esto, es importante destacar que el papel de la verdad universal ha sido relegado y en los últimos tiempos las ciencias físico-naturales han sido cuestionadas por el conocimiento social, por definir el modelo de dichas ciencias como reduccionistas y mecanicistas, sin embargo ese paradigma ha sido imitado en ocasiones por investigaciones sociales. Wallerstein (85) aclara esta idea:
Las utopías forman parte del objeto de estudio de las ciencias sociales, lo que no puede decirse de las ciencias naturales; y las utopías desde luego tienen que basarse en tendencias existentes. Si bien ahora tenemos claro que no hay certeza sobre el futuro ni puede haberla, sin embargo las imágenes del futuro influyen en el modo en que los seres humanos actúan en el presente. (p. 85)

Es importante resaltar que el conocimiento no es concebido únicamente como racionalidad, también incluye experiencias vitales.
“…De una vez por todas debemos asumirnos como seres sentipensantes -expresión de Eduardo Galeano- Sentimiento y razón constituyen aspectos inseparables en el ser humano. La fuerza de la pasión nos empuja a la realización de nuestros sueños e ideas."
(Baldeón, 2000, digital)
Con referencia a la concepción del conocimiento como instrumento transformador, es importante acotar que deben superar las barreras de disciplinariedad es una especie de apertura de las ciencias sociales; una forma de hacerlo es entablando un diálogo entre las diversas formas de conocimiento para obtener una finalidad crítica.
El conocimiento es portador de transformación y debe dar privilegio a la mirada de los sectores oprimidos, debe impactar mediante la priorización de contribuir con conocimiento sobre otros y actuar. Pero se trata de ir más allá de “ponerse en el lugar de otros(as)” sino de generar la necesidad de que los individuos puedan cambiar y elegir su propio lugar.
Finalmente, las nuevas propuestas de la construcción del conocimiento son entendidas en un   plano general como procesos conocidos que evolucionan a través del cuestionamiento y su implementación individual  por parte de los propios investigadores que someten cada una de sus ideas al repertorio mental adquirido en sociedad y deliberado a través de la misma.
 


Referencias Bibliográficas
Aguilar, T. y Landa, C.G. (2003). "Un saber apropiado para participar". En Aguilar, T. y Caballero, A. (coords.), Campos de juego de la ciudadanía. Barcelona: El Viejo Topo.
Baldeón, E. (2000). "Pensamiento abierto y eficacia transformadora. -Notas para repensar nuestros proyectos de educación y comunicación". En Razón y Palabra, nº 18. www.cem.itesm.mx/dacs/publicaciones/logos/anteriores/n18/18ebaldeon.html
Ibáñez, J. (2003). El conocimiento social transformador: una propuesta de síntesis. Recuperado el 22 de noviembre de 2013, de http://jei.pangea.org/soc/c/conoc-soc-sint.htm
Moreno, A. (1991). Pensar la historia a ras de piel. Barcelona: Ediciones de la Tempestad.

Wallerstein, I., (coord.) (1998). Abrir las ciencias sociales. Informe de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales. México: Siglo XXI editores - Unam.

Tiempo y temporalidad. Por: Maria Barrueta, Gabriela Buitrago. Gabriela Pernia


Universidad de Los Andes
Dr. Pedro Rincón Gutiérrez
Escuela de Comunicación Social
Problemática de Ciencia y Tecnología en Venezuela







TIEMPO Y TEMPORALIDAD
(Ensayo)




Integrantes:
Maria Lucia Barrueta
Gabriela Buitrago
Gabriela Pernía








“El tiempo es algo contado con  el movimiento detectado a través de una vista al antes y el después en el horizonte de lo pronto o lo tardío”
-          Aristóteles
-           
El problema del tiempo y la temporalidad encuentra sus raíces en la filosofía, la principal característica es que usualmente  no es discutido sólo como un fenómeno científico, sino como un hecho existencial también.  Así lo hace la fenomenología, la cual aclama que el tiempo es fundamental para constituir la identidad personal. 
En “Los Estudios Básicos de la Fenomenología” Heiddegger atiende a responder la pregunta básica que “¿Qué significa ser y estar?”, para resolver esto se remonta la diferencia ontológica de tiempo y temporalidad.  El concepto de temporalidad es insinuado por primera vez por Aristóteles  en sus trabajos de física a través de la noción de “cuando el movimiento es experimentado, el tiempo se da a conocer”, y a partir de ahí Heidegger comienza su investigación.
Un aspecto importante de esto es que la definición es el hecho de que el movimiento es necesario para percibir el tiempo , aunque está sujeto a objeciones como por ejemplo, cuando observamos algo que no se mueve, podríamos argumentar que igualmente percibimos el tiempo incluso cuando estamos observando un objeto estacionario.
Otro ejemplo podría ser que una persona en coma o un monje budista en meditación se centra en el pensamiento interno y no percibe el movimiento, se podría argumentar que así no perciban el tiempo por el movimiento, al entrar y salir de este estado de coma y meditación hubo un pensamiento en movimiento y por lo tanto sentido del tiempo.
Hay otros cuestionamiento acerca de este problema, como el planteamiento de “¿Si nadie existe para contar, entonces el tiempo no existe?”, a lo que Heidegger  atendió, explicando que el tiempo es objetivo porque los seres existen en el tiempo, y que Aristóteles no pretendía decir que el tiempo es algo de movimiento desde el punto de vista de la trasladación sino, del movimiento en sí.
Husserl,  creía que “cada experiencia de la consciencia es temporal en alguna manera, lo que significa que cada objeto ‘dinámico o estático’ debe ser considerado”. De acuerdo con la fenomenología los objetos no temporales presuponen tiempo porque experimentamos su carácter de falta de tiempo sobre nuestra experiencia propia temporal. Además el procesamiento mental su fondo de tiempo también.
Para la fenomenología hay tres niveles de temporalidad: el tiempo mundial, que puede ser también llamado trascendental u objetivo, y está cercano a la idea de tiempo común entre la gente.  Significa la temporalidad de los eventos mundiales y procesos físicos, las cosas son temporales en manera similar  a como son espacialmente relacionados entre sí. En consecuencia, el tiempo mundial es verificable, mensurable y público, para estimar esto, la gente usa relojs y calendarios, que los ayudan con la duración y secuencia entre eventos y procesos.
El siguiente nivel es el “tiempo interno”, como el nombre lo sugiere,  concierne a las experiencias y actos mentales, actos internos y sentimientos vienen en secuencia, y así como los eventos objetivos, tienen una duración específica. No sólo suceden, sino que también pueden ser recreados por la memoria.  El mundo de estos procesos es solo nuestro espacio interno, lo que significa que es privado y no puede ser moderado por métodos objetivos y luego comparados con el tiempo trascendental.
El tercer nivel pertenece al “presente vivo”, la experiencia completa que tenemos a cada momento, la constante sucesión de sí mismo, profundamente conectado con el segundo nivel, ya que es necesaria la experiencia. La temporalidad interna no incluye la conciencia de sí mismo, sin embargo, el tercer nivel es el último y no requiere de más instancias, debido a esto, de acuerdo con la fenomenología, esto puede ser descrito como un absoluto, aunque no en todos los sentidos.
Iparraguirre y Ardenghi () aseveran que el concepto de tiempo puede ser repensado a través del concepto de temporalidad: “La temporalidad es la Aprehensión del devenir que todo humano realiza mediante su sistema cognitivo en un determinado contexto cultural. El tiempo  no es más que el fenómeno del devenir en sí, que el humano es capaz de aprehender como temporalidad”.
El devenir está directamente relacionado con el pasado, el presente y el futuro: “Conmemorar algún acontecimiento pasado, no es sólo recordar, sino fundamentalmente conferir a un lugar el sentido y peso dado a dicho evento en el relato histórico que constituye nuestra memoria colectiva” (Lindon, 2000). Cuando hablamos de pasado, lo hacemos refiriéndonos a algo ya ocurrido, un “pudo ser” o “ya fue”. El presente es un tiempo actual, lo que ocurre simultáneamente al hecho o la palabra. En su mayoría desmejorado con relación al pasado que es añorado con nostalgia y ante  un futuro que “puede ser mejor”.
“Esta definición de temporalidad refiere a una construcción cultural que por lo tanto esta derivada de una experiencia del sujeto y entonces no se trata de una intuición a priori. El tiempo en tanto fenómeno, es intrínseco a todo ser humano; en cambio la temporalidad, además de ser intrínseca a todo ser humano, adquiere un carácter cultural en tanto depende de una experiencia en contexto y por lo tanto conforma una interpretación. (Iparraguirre, 2006).” Es por ello que nociones y modelos de tiempo hay muchas, el modelo Hegeliano, Newtoniano, Einsteiniao, espacio de tiempo cuántico; o más allá de la definición científica y filosófica, hay también tiempo en otras disciplinas.
El tiempo descrito por historiadores, etnógrafos, sociólogos. También hay un tiempo descrito por la literatura, muchos tipos de tiempos narrativos, y no sólo presentes en la ficción, sino también en argumentos, chistes, narrativas políticas o económicas, u otras estructuras que además utilizamos para estructurar nuestras vidas.
El lenguaje en sí mismo es fundamentalmente temporal, los verbos producen tránsitos entre sustantivos, en relación con conectores, todos producidos por redes de símbolos que se organizan una y otra vez en el espacio y tiempo.
Del tiempo y la temporalidad, no se escapan la ciencia y la tecnología. Especialmente su historia, pues podemos ver como hoy en día para estudiar acerca de un tema, consultamos un grupo de autores que incluyen desde los filósofos más antiguos hasta los científicos más modernos, todos agrupados en una línea cronológica de tiempo que pareciera separa por meses cuando de hecho, hay siglos de separación entre un pensamiento y otro.
Las nociones de tiempo, en tanto conceptualizaciones sobre el fenómeno que están situadas en un contexto socio-histórico, son temporalidades. Esta distinción es necesaria a los fines de no reducir el fenómeno (tiempo) a una sola interpretación (temporalidad) como ocurre en todas las investigaciones reveladas que problematizan nociones, categorías o conceptos de tiempo. (Revista de Antropología Experimental nº 11, 2011. Texto 18: 251-260). Esto ocurre en la mayoría de las ciencias (física, química, salud, antropología, entre otras).
El tiempo y la temporalidad están presentes en la vida y en el día a día en general, todos hablamos del tiempo y la temporalidad creyendo que podemos medirlo, hacemos previsiones y, consideramos que está delimitado con el pasado, el presente y el futuro incierto. Todo esto es lo que expresaba San Agustín cuando se preguntaba qué era el tiempo (quid est ergo tempus?) y respondía que, si nadie se lo preguntaba, lo sabía, pero si alguien se lo preguntaba, no lo sabía.
"... Yo creo que existe, y lo siento dentro de mí, un instinto de la verdad o el conocimiento o el descubrimiento, de algo de la misma naturaleza que el instinto de la virtud, y el hecho de que tengamos ese instinto es razón suficiente para las investigaciones científicas aunque no se deriven de ellas ningún resultado práctico" Charles Robert Darwin (12 de febrero de 1809 – 19 de abril de 1882).
Si tomamos en cuenta el tiempo con la temporalidad dentro de la ciencia podemos poner como ejemplo a Darwin, fue un naturalista inglés que postuló que todas las especies de seres vivos han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común mediante un proceso denominado selección natural. La evolución fue aceptada como un hecho por la comunidad científica y por buena parte del público en vida de Darwin, mientras que su teoría de la evolución mediante selección natural no fue considerada como la explicación primaria del proceso evolutivo hasta los años 1930.
También podemos poner de ejemplo a René Descartes que fue un filósofo, matemático y físico francés, considerado como el padre de la geometría analítica y de la filosofía moderna, y el famoso autor de la frase "Pienso, luego existo" así como uno de los nombres más destacados de la revolución científica. Trató de aplicar a la filosofía los procedimientos racionales inductivos de la ciencia, y en concreto de las matemáticas.
Se dice que los grandes inventos se dieron en un tiempo específico, ya que estos inventos eran necesarios para el momento… Los científicos se preocupaban de hacer aquello que según su entorno y momento era necesario.
Todo en cuanto a la ciencia se basa en el tiempo y la temporalidad ya que de acuerdo al contexto del tiempo muchos inventos han surgido y se ha convertido en el núcleo de las teorías científicas, en donde los mismos se muestran como una –magnitud reversible-, las nociones de tiempo y de irreversibilidad juegan un decisivo papel, y a partir de la cual se forjaron los grandes avances científicos de la historia. Aparece como nexo de unión entre la ciencia y la filosofía. Históricamente, tanto el enfoque científico como el filosófico acerca del tiempo y la temporalidad se han diferenciado, en su conjunto, por abordar la pregunta desde una perspectiva no temporal, es decir, se ha pensado generalmente el tiempo sub specie aeternitatis, lo que presume que se lo ha pensado desde su propia negación, lo cual, por otra parte (debido al enlace entre la cuestión del tiempo y la cuestión del ser), ha condicionado la ontología tradicional.
            Es importante destacar también, la manera en que se construye el tiempo siempre repensado desde la temporalidad y desde las investigaciones antropológicas, para de esta manera en el estudio de sí, los seres humanos lleguen a conocerse en el marco de la sociedad y cultura a la que pertenecen.

             En estas investigaciones se destaca el uso de la cronología para explicar los modelos de desarrollo socio-cultural del ser humano, los mismos están formados en base a la temporalidad lineal heredada de los paradigmas clásicos. Es allí donde surge la noción de tiempo lineal en las poblaciones occidentales y en el conocimiento científico actual.

            Iparraguirre y Ardenghi () definen este tiempo lineal como “temporalidad hegemónica”, la cual busca reemplazar de forma más eficiente al de “temporalidad occidental”. También destacan que esta noción se generó a través de diferentes procesos hegemónicos, conformando una temporalidad unívoca, jerarquizada al carácter ‘oficial’ para su homogenización e imposición.

            “A partir de un estudio genealógico, se comprende que esta generalización del ‘tiempo lineal’ encubre, en su interior, las categorizaciones de temporalidad asociadas a procesos de carácter hegemónico, como lo son la temporalidad ejercida e impuesta por un calendario único en el Imperio Romano, la temporalidad cristiana impuesta por la Iglesia a través de su doctrina de la salvación eterna, los ideales de la medición del tiempo a partir de relojes mecánicos en la Modernidad, la imposición de la lógica monoteísta y mercantilista en la colonización de América, entre otras.” (Iparraguirre, 2011)

            La temporalidad hegemónica, es entonces, aquella que se impone a otras para ser la única posible en su concepción, imponiendo los paradigmas dominantes característicos de la cultura occidental.  Iparraguirre lo expresa: “Este proceso de homologación entre lo natural y lo unívocamente dado, construye la naturalización de una noción que, al ser impuesta masivamente, se concibe como una noción oficial.”

            Atendiendo a Bourdieu (2006:20), en un ejemplo concreto de temporalidad hegemónica asociado al proceso de oficialización emergente del capitalismo: “Desde los orígenes del capitalismo hasta hoy […] es en la universalización correlativa de una clase de disposiciones económicas donde se apoya el dis­curso justificador y moralizador que transfigura las exigencias colectivas de una economía en preceptos universales de la moral: previsión, abstinencia o ahorro (ayer); crédito, gasto y goce (hoy).”
            Hemos sido entonces, regidos por un orden cronológico de acontecimientos históricos impuestos por una “temporalidad hegemónica” u occidental inculcada desde los principios de la historia, pero, en el mismo momento formados por temporalidades originales y ancestrales del propio continente. Sin embargo, hoy día estas estructuras oficiales dominantes se están resquebrajando con el paso hacia los aconteceres de la postmodernidad, dejando la pregunta abierta ¿Qué somos a través de todo este tiempo en basamentos de temporalidad?

            Iparragirre, ante la imposición de esta forma occidental de percibir el tiempo, hizo una serie de preguntas para determinar si otras temporalidades coexisten con la llamada temporalidad hegemónica, dando la respuesta a la llamada temporalidad originaria:

-¿Es posible concebir otra noción de tiempo diferente a la noción actual que regula los ritmos cotidianos de nuestra sociedad, caracterizada esta noción como temporalidad occidental?
-¿Existe en otros grupos sociales otra temporalidad que no sea aquella?
-¿Es posible desnaturalizar la temporalidad lineal y secuencial para intentar comprender otras formas de aprehender el devenir?
            Estas temporalidades no-oficiales se conocen en antropología a partir de los estudios etnográficos que permitieron, y permiten hoy, conocer las formas de vida de sociedades indígenas. Muchas de estas sociedades no naturalizan la temporalidad hegemónica en su vida cotidiana como noción única, sino que en muchos casos conviven junto a ésta con una temporalidad no-lineal.
            Son diversos los grupos socioculturales del mundo que manifiestan una temporalidad no-oficial, de acuerdo a la diferenciación rítmica que caracteriza a cada uno de ellos. Ipagirre hizo su estudio antropológico de temporalidad originaria con el GRUPO INDÍGENA MOCOVÍ, pueblo originario de argentina; para ello comparo en el siguiente recuadro ambas temporalidades:

Comparación de ambas temporalidades
en diferentes contextos históricos.


Contexto histórico


Temporalidad hegemónica

Temporalidad mocoví


Época de antiguos

Ausente en períodos pre-conquista.
Presente en períodos siguientes hasta la actualidad.

Ritmos de vida nómade. Métodos nativos de organización social y lectura de los astros.




Colonización y Reducciones

Imposición de ritmos de trabajo y sedentarismo forzado. Adoctrinamiento a la vida de encierro y trabajo de agricultura. Cosmovisión cristiana.
Encuentro de modos de vida basados en lógicas diferentes.
Resistencia a ritmos de trabajo impuestos y a la cosmovisión cristiana.
Continuidad de la caza y costumbres de vida nómade en ciertos grupos.



Estado argentino
Domesticación del espacio.
Expansión territorial e ideológica de la nación.
Historia oficial.
Conquista de la palabra y el cuerpo.
Resistencia y tácticas de invisibilización. Conflictos identitarios.
Relaciones de fronteras, desplazamiento de las tierras ancestrales.
Historia silenciada


Actualidad
(Época de los nuevos)
Ritmos de vida, trabajo, producción y de mercado capitalistas. Rítmicas virtuales de medios masivos de comunicación.
Burocracia y política.
Convivencia de métodos nativos de organización con los métodos lineales (calendarios, relojes).
Superposición de narrativas históricas y mitológicas junto a
experiencias personales cotidianas


            Atendiendo a la diferenciación, entendemos cuanto nuestra cultura se rige y se ha formado como sociedad desde la colonización bajo una temporalidad occidental, a tal punto que se ha naturalizado en nosotros, introduciéndose en las costumbres y en el ritmo de vida que nos gobierna.
            Un ritmo de vida que se mueve en el día a día formándonos hábitos sujetos a la cotidianidad, dónde el pensamiento se constituye de acuerdo a la inmediatez del devenir de las horas, hasta tal punto que nos sentimos consumidos por ellas. Pero, ante toda esta rutina en la cual nos vemos sumerjos aún podemos decidir qué hacer con el tiempo que tenemos.

Bibliografía

-LINDÓN, Alicia (coord.): La vida cotidiana y su espacio temporalidad. México, Anthropos, 2000
-IPARRAGUIRRE, Gonzalo 2006 “Etnotemporalidad y temporalidad oficial en grupos mocoví”, en Actas del VIII Congreso Argentino de Antropología Social: Globalidad y Diversidad, tensiones contemporáneas. Facultad de Humanidades Universidad Nacional de Salta. Salta
-Tiempo, cultura y ciencia GEN. Página personal de Jordi Cortés.
-Iparraguirre, Gonzalo; Ardenghi Sebastián 2011.TIEMPO Y TEMPORALIDAD DESDE LA ANTROPOLOGÍA Y LA FÍSICA. Revista de Antropología Experimental

nº 11, 2011. Texto 18: 251-260. Universidad de Jaén (España)

De la memoria, la memoria colectiva y el olvido. Por Andres Aguilera, Otniel Cárdenas, Andrea Duque.


Universidad de Los Andes
Dr. Pedro Rincón Gutiérrez
Escuela de Comunicación Social
Problemática de Ciencia y Tecnología en Venezuela







De la memoria, la memoria colectiva y el olvido
(Ensayo)




Integrantes:
 Aguilera Andrés
                                                                                                                               Cárdenas Otniel
                                                                                                                                Duque Andrea 







Las ciencias humanas son las más difíciles de alcanzar, y esto es debido a que los humanos somos tan diversos y cambiantes que muchos científicos se han dedicado su vida entera por estudiar cómo actuamos y convivimos.  Parte de estos estudios develan que no solo existe una memoria individual sino también una memoria colectiva,  al referirse que los humanos, seres biopsicosociales, actuamos en muchas ocasiones, también psicológicamente, en grupos.

La influencia que ejerce la convivencia de las sociedades sobre la psiquis de los seres humanos se ha debatido a lo largo de los años. Maurice Halbwachs fue el primero en proponer el término “memoria colectiva” en 1925 para referirse a la influencia de los marcos sociales (de tiempo, espacio y lenguaje) sobre la memoria individual y colectiva.

La memoria colectiva puede ser entendida como “el conjunto de conocimientos, valores, reglas y patrones de comportamiento, que adquiridos mediante la interacción entre los miembros del colectivo y su entorno, son compartidos por el grupo con la finalidad de homogeneizar representaciones del pasado y mejorar el resultado de sus decisiones tomando ventajas de las regularidades producidas en el ámbito de su actividad. (Sorrosal, 2005:146)

Los libros de historia, las religiones y lo que se transmite a través de los medios de comunicación son, en distinta medida, consecuencia de la memoria colectiva. Sean hechos comprobados científicamente o conocimientos empíricos, lo que hace que se mantengan en vigencia es su permanencia en la memoria colectiva e individual. Como resultado de todo esto, surge una interrogante: ¿Quién decide lo que se convertirá en memoria colectiva? De cierto modo, en la historia de la humanidad siempre han surgido líderes de opinión, tal como lo expone Lazarsfeld en su “Teoría del Doble Flujo de la Comunicación”.


      El trabajo de la memoria nos coloca en un vaivén entre el olvido y el recuerdo.  La definición del año 1925 de M. Halbwachs, quien señala que «la memoria colectiva es la memoria de los miembros de un grupo que reconstruyen el pasado a partir de sus intereses y del marco de referencias presentes.  La memoria colectiva está siempre construida sobre una necesidad del presente. Tiene que ver con el presente y, por lo tanto, también con el futuro.

Reconstrucción del pasado

Al pasar el tiempo nos damos cuenta que nos transformamos en narradores de la memoria colectiva, qué pensamos o qué recordamos cobra vida en nostros, así vamos pasando esos recuerdos a la sociedad que nos rodea, y  es allí donde aparece la magnífica capacidad de la memoria, guardar y dar cuenta de lo significativo de la vida de lo que vale la pena mantener para luego comunicarlo y que por suerte las demás personas lo entiendan.
“La narrativa, puede entenderse, es una reflexión sobre la condición humana"(Bruner,2013) la flexión humana nos lleva a crear una memoria colectiva sobre experiencias pasadas que nos da una respuesta sobre el presente y nos hace creer predecir el futuro según dichas experiencias.  "Quien olvida su historia está condenado a repetirla", es muy común que esta frase nos la hayan dicho antes pero carecía de significado, sin embargo es el vivir lo que nos permite ser protagonista de las diferentes historias.

 Existe evidentemente una relación entre memoria colectiva y representación social, es decir, un grupo o una comunidad que ha vivido un hecho determinado. Para Halbwachs los ámbitos colectivos más relevantes implicados en la construcción  de la memoria son la familia, la religión y la clase social. Así, según Halbwachs, los individuos articulan su memoria en función de su pertenencia a una familia, una religión o una clase social determinada.
Muchas de las contribuciones de científicos (hombres y mujeres) no se encuentran en la memoria colectiva de las poblaciones mundiales debido a la poca información que se conocía sobre ellas. Hoy en día la información es mayor, pero la formación que se da a los jóvenes en el hogar y en planteles educativos sigue basándose en la información científica que se manejaba con anterioridad.

 Para que la memoria colectiva admita estos conocimientos que hasta no hace mucho se desconocían, es necesario que se dé una nueva formación a los jóvenes tanto en el hogar como en las escuelas y universidades y que así el conocimiento que estos adquieran se vaya transfiriendo a las próximas generaciones como una memoria colectiva más amplia.


Memoria y olvido: una dualidad esencial

Al plantearnos el tema de la memoria social o de la memoria individual, la primera tendencia es a definir los recuerdos, a hablar sobre aquello que conmemoramos social o familiarmente. Las fechas, los lugares, libros, monumentos, plazas, y determinados acontecimientos comienzan a verse como aquellos espacios de memoria a los cuales se debe apelar. Y sin embargo, la dualidad entre memoria y olvido, esto que Marc Augé en “Las formas del olvido” aproxima a la relación que tienen la vida y la muerte, no sólo es uno de los factores que permite la existencia de nuestros recuerdos, sino que también nos explica cómo es que vamos seleccionando, según nuestras propias subjetividades e identidades, aquello que utilizaremos en el presente.

Uno de los motivos de nuestra insistencia en regresar al pasado, sea reciente o remoto, es la capacidad que este proceso tiene para explicar y situarnos en nuestro presente. Por tanto, podemos señalar que la función del recuerdo es contener, en los diversos sentidos y niveles posibles, algún tipo de explicación. Y debemos reconocer que el ser humano no necesita explicárselo todo, aunque los esfuerzos tecnológicos y científicos parecieran apuntar hacia esa intención.

A medida que avanza nuestra vida, vamos recordando, y esto sucede gracias a que hemos olvidado. Pero, si mi pasado no me explica los porqués de mi presente, de mis costumbres, de mis miedos, mis éxitos y limitaciones, de mi identidad, entonces lo que acontece es el olvido. El olvido total o parcial, interviene cuando el recuerdo no tiene ya más utilidad para el grupo, cuando el ‘acontecimiento' considerado ha agotado su efecto social, provocando con ello el desinterés del grupo” (Baeza, 2003, p. 31).

Reconocer la importancia del olvido hasta el sentido que permite explicar la propia existencia de la memoria, no quiere en ningún caso sobreponer uno de los conceptos por sobre el otro sino que éstos son dos complementos. Dos etapas de un mismo proceso que se preceden y suceden en un orden ecléctico; pues ni nuestra historia es una sola, ni nuestra racionalidad permite una sola visión de los hechos. Alteramos el presente, porque somos alterados por el pasado; y así volvemos a acomodarnos, con lo pretérito, con nuestras explicaciones, funciones y emociones.

En otras palabras, si la sociedad actual es mutable, dinámica, y versátil, también lo son nuestros recuerdos, nuestras memorias, nuestros pasados. Y en otro sentido, más plural si así se quiere, si en la actualidad concebimos una interdependencia entre los diferentes actores que participan en la estructura social, en la memoria colectiva ocurre lo mismo. Vale decir, que no basta con que alguien nos señale un recuerdo para que este sea definitivo e incuestionable, sino que más bien dependerá de la reafirmación de los otros, de la importancia de lo que esta memorización explique, y finalmente, de los acuerdos y conflictos que surjan a partir de las dos o más versiones diferentes.

Entonces, “ la memoria social no es ni inmutable ni cárcel de larga duración. Es, básicamente, un proceso de negociación constante y mediatizado entre el individuo y el/los colectivo/s a el/los que pertenece o en el/los que se inscribe” (Martínez Gallego, 2003). Se entiende que los recuerdos personales de un individuo son siempre vulnerables al enfrentamiento y comparación con los recuerdos de quienes componen su círculo social, su familia, sus amigos, su entorno laboral. El resultado de aquella vulnerabilidad será entonces el comienzo de una interminable relación entre la memoria social y la memoria individual, que finalmente nos permite la conjugación del tiempo desde el presente, pero sin olvidar la importancia de nuestro pasado, y las significancia que nuestras memorias tendrán en el futuro.